Relaciones disfuncionales: cuando el vínculo duele
"No puedo salir de esta relación, aunque sé que me hace daño”
Este es un motivo de consulta habitual.
A menudo la gente acaba cansada de discutir, de no sentirse visto, de repetir los mismos reproches con la esperanza —cada vez más frágil— de que algo cambie. Para ilustrar cómo funciona una relación disfuncional, imaginemos una escena de terapia de pareja.
Pedro y Antonia (ejemplo inventado)
Pedro y Antonia llevan ocho años juntos. Llegan a terapia sentándose en extremos opuestos del sofá. No se miran. Ambos dicen querer “estar mejor”, pero ninguno sabe ya qué significa eso.
Terapeuta: Contadme, ¿qué os trae hoy a consulta?
Antonia: Estoy agotada. Siento que siempre soy yo la que tiene que estar pendiente de todo.
Pedro: Y yo siento que haga lo que haga, nunca es suficiente.
Terapeuta: ¿Me podéis dar un ejemplo reciente?
Antonia: Ayer llegó tarde otra vez. Sin avisar. Yo con la cena hecha.
Pedro: Fueron veinte minutos. Y si aviso, luego empieza el interrogatorio.
Antonia: Porque nunca dices la verdad. Siempre hay una excusa.
Pedro: ¿Ves? Por eso muchas veces prefiero callarme.
Terapeuta: ¿Qué sentís ahora mismo?
Antonia: Rabia y tristeza. Me siento sola.
Pedro: Frustración. Y ganas de irme.
Terapeuta: Vale. Lo que veo es un bucle de reproches y distancia en el que ambos estáis sufriendo. Y, siendo claros, solo hay tres opciones. Y son las siguientes:
Las tres opciones posibles
Cuando una relación se vuelve disfuncional, en realidad solo hay tres caminos.
1) Seguir igual, sufriendo
Es la opción más común y la menos consciente. Consiste en no decidir. Mantener la relación tal como está, esperando que el tiempo, la costumbre o un golpe de suerte lo arreglen todo. El precio es alto: resentimiento acumulado, desgaste emocional, pérdida de autoestima y, muchas veces, síntomas de ansiedad o depresión. Seguir igual es elegir el sufrimiento conocido.
2) Cortar la relación
Terminar implica dolor, especialmente a corto plazo. Implica un duelo. Sin embargo, para muchas personas, tras ese periodo aparece algo valioso: calma, paz, la posibilidad de reconstruirse sin estar permanentemente a la defensiva. No todas las relaciones están hechas para durar, y finalizar un vínculo no es fracasar; a veces es cuidarse.
3) Cambiar la forma de relacionarse
Esta es la opción que más se idealiza y, paradójicamente, la más exigente. Cambiar no es solo “querer”. Implica aprender habilidades que muchas veces nadie nos enseñó.
Cambiar la forma de relacionarse implica aprender a comunicarse de verdad, no para ganar discusiones sino para comprender al otro; expresar lo que uno necesita con asertividad, sin atacar ni someterse; aceptar que en una relación sana hay que negociar y ceder, porque no se trata de vencer sino de funcionar como un equipo; hacer el esfuerzo de ponerse en el lugar del otro y entender su mundo emocional, aunque no siempre se comparta; y llegar a acuerdos claros, concretos, realistas y revisables, que sirvan como base para una convivencia más armónica.
Este camino requiere compromiso de ambas partes. Los resultados no son inmediatos y hay avances y retrocesos. Es un trabajo a largo plazo, a veces arduo, que suele beneficiarse enormemente de ayuda profesional. La terapia no hace milagros, pero ofrece un espacio seguro para aprender a relacionarse de otra manera.
Una reflexión necesaria
Es importante decirlo con honestidad: no todas las relaciones pueden salvarse. Algunas están tan viciadas, tan cargadas de daño previo, que la tercera opción no siempre es posible, aunque exista amor o buena intención. Insistir indefinidamente en cambiar algo que no cambia puede convertirse en otra forma de sufrimiento.
Pedir ayuda profesional no es un signo de debilidad, sino de responsabilidad emocional. Aun así, incluso con ayuda, hay vínculos que no evolucionan. Aceptarlo también forma parte del proceso terapéutico.
Más allá de la pareja
Las relaciones disfuncionales no se limitan a las relaciones de pareja. Pueden darse con un compañero de trabajo con el que el trato es constantemente hostil, con un hermano enredado en dinámicas de rivalidad o reproche permanente, con un amigo donde siempre hay desequilibrio, exigencia o culpa, o con un padre o una madre con quienes nunca se ha logrado construir una relación segura y confiable.
De nuevo, solo hay tres opciones: seguir igual, romper el vínculo o cambiar la forma de relacionarse.
A veces, la opción de salir de la relación no es posible, al menos a corto plazo. Por ejemplo, en el trabajo o en la familia. En esos casos, una estrategia de cuidado es minimizar el contacto todo lo que sea posible, establecer límites claros y reducir la exposición emocional para evitar un sufrimiento innecesario.
Relaciones disfuncionales con hábitos
Por último, conviene ampliar la mirada. Una relación disfuncional no siempre es con una persona. También podemos tenerla con un hábito o conducta: el tabaco o el alcohol, el consumo compulsivo de comida, el uso excesivo de videojuegos, el consumo de contenido para adultos, el trabajo llevado al extremo o una relación desregulada con las redes sociales.
Todas estas cosas a menudo alivian o distraen en el corto plazo, pero a medio y largo plazo acaban generando malestar, dependencia o culpa.
Y, de nuevo, aparecen las tres opciones: seguir igual, cortar o cambiar la relación con ese hábito, algo que muchas veces requiere acompañamiento profesional.


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